Temas de vanguardia: Transexuales…cuando el modelo es él

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Algo se está guisando en las tripas del showbiz, lo que viene siendo Hollywood y aledaños, desde que Caitlyn Jenner se pasea por Sunset Bulevard con pamelas de Givenchy. El cambio de sexo del padrastro de la prole Kardashian -de profesión, sus caderas- ha disparado, para bien, la fama del colectivo transexual. Un exuberante puñado de actrices y modelos transgénero, equipadas con profusión de cirugías tan del gusto californiano, se reparten en los últimos tiempos un sabroso pastel de editoriales de moda, campañas de las grandes maisons de haute couture, papeles estelares en las series del momento. O sea: gloria, prime time y lentejuelas para una minoría abocada durante décadas a las cloacas, a las oscuranteces del sexo turbio y al humor de zafarrancho.

Mientras miss Jenner abandera esta trans revolution -hasta Obama le alabó el coraje en ese ultramarinos de breverías llamado Twitter-, los gurús exploran nuevos iconos con los que alimentar a la bestia de Hollywood. Y aquel canon andrógino, casi enfermizo, que venía imponiéndose en las pasarelas desde los albores del milenio, allá en los 2000, ha encontrado en la fisionomía transexual, ese atlas raro de feminidades prohibitivas, un auténtico filón para las marcas.

Para abastecer este mercado efervescente, Apple Model Management, una prestigiosa agencia de maniquíes trans con sede en Tailandia, ultima la apertura de una sede en Los Ángeles. «Nuestro fuerte compromiso con la promoción de modelos de primer nivel no tendrá nunca que ver con la cuantificación y la evaluación de su género. Los individuos transexuales son hermosos», ha dicho Cecilio Asunción, el nuevo director de esta sucursal -y a la postre fotógrafo, defensor de los derechos homosexuales y realizador del premiadísimo documental What’s the T, que visibilizaba la cotidianeidad de varias mujeres transgénero.

Porque más allá de la integración y la reivindicaciones, que también, la esmerada visión de negocio de Asunción pretende dar salida y caché a los nuevos estándares de belleza. Y no sólo para campañas underground y la parafernalia alternativa, sino en los circuitos tradicionales (eso que los expertos llaman París, Milán o Nueva York). La elección de Los Ángeles no es casual. La capital del entretenimiento made in USA y del hedonismo salvaje (dícese, y apréndanselo ustedes, que lo que pasa en Hollywood se queda en Hollywood), viene reivindicándose como un laboratorio de tendencias pintorescas -y pintonas- bastante alejado del conservadurismo chic de la costa Este. Muerto Warhol, ha sido en la alucinógena meca del cine, dónde si no, el lugar en el que Caitlyn Jenner se ha consagrado en tiempo récord como la celebrity del momento.

Con maneras de Afrodita engullida en telas muaré, el que fuera medallista olímpico de décatlon en Montreal combina como nadie los trasuntos frívolos (moda, realities y sucedáneos de la factoría Kardashian S.A.) con una ferviente labor reivindicativa y solidaria. Fue en abril de este año cuando Bruce, el eterno padrastro de ese clan ungido por los selfies de glúteos, anunció la culminación de su proceso de cambio de sexo. Un mes después, a más tardar, presentaba al mundo sus nuevas credenciales en un memorable reportaje de Vanity Fair, la biblia de casi todo, ante el objetivo de la fotógrafa Annie Leibovitz. Llamadme Caithlyn, rezaba el escueto titular. Y nadie, nunca, volvió a acordarse de la medalla de oro del 76.

Jenner no tardó en asesorarse por la todopoderosa estilista Patricia Field, responsable de vestuario de Sexo en Nueva York, aquella franquicia de chicasdemanhattanquevistenalaúltima que revolucionó el estilo de los 90 y, ya que estábamos, colocó a Sarah Jessica Parker en disparadero. Desde entonces, cada una de las apariciones de Caitlyn desata la locura y alboroza la relamida crónica social de Hollywood. Vogue acaba de entronizarla como una de las mujeres más elegantes del mundo; se encuentra inmersa en la grabación de un reality propio; y en solo una hora consiguió un millón de seguidores en Twitter, desbancando al mismísimo presidente Obama. Hace unas semanas, tras recibir el prestigioso Premio Arthur Ashe como reconocimiento a su valentía, hiló un poderoso discurso de 10 minutos que puso al auditorio en pie (incluidas sus hijas y sus hijastras).

Andreja Pejic

El New York Times se ha rendido a su figura (la de sus curvas prodigiosas y la otra, la revolucionaria), y nadie en su sano juicio pone en duda el último axioma de Beverly Hills: con Jenner ha nacido una estrella, y esta vez mucho más sólida y solvente que su hijastra Kim. «Es un personaje fascinante», explica Topacio Fresh, galerista, intimísima de Alaska y Mario Vaquerizo, habitual de Telecinco y una de las caras más visibles de este colectivo en nuestro país. «¿Que tiene un perfil frívolo muy acusado? ¿Y eso es malo? La transexualidad ha estado presente en la sociedad desde un prisma muy negativo: la prostitución, la marginalidad, incluso la crónica de sucesos. Es importante que también se reconozca una vertiente más desenfadada, con lentejuelas, con diseños de alta costura, con maquillajes que nos hagan sentir fabulosas. Este colectivo tiene muchas aristas: la reivindicativa, la sexual, la cultural, hasta la trágica. Y todas son igual de válidas. Es un fenómeno muy complejo como para asociarlo a un único perfil».

Pudiera parecer que todo empieza y acaba aquí, en los despampanantes vestidos cruzados de la couturier Diane von Fursternberg con los que Caitlyn deslumbra allá por donde vaya. Pero no. Jenner no está sola ni es una rara avis. La trans revolution -perdonen la insistencia en el término, pero es así- lleva tiempo fraguándose en la imaginería del showbiz. Lea T (brasileña, despampanante, top entre las tops, antes Leonardo) abrió la veda en 2010, cuando irrumpió en el mundo de la moda de la mano de Givenchy. (Muy sonada fue -los desmemoriados, que tiren de Google- aquella portada donde se besaba con pasión prêt-à-porter con Kate Moss, alias la jefa).

Pero si hay alguien que ha tambaleado esta industria insaciable, ese alguien es Andreja Pejic. Bautizado en 2011 por The New York Magazine como «el chico más guapo del mundo», Pejic ya era un celebérrimo modelo antes de operarse el año pasado. Nadie como él supo sacar partido a su androginia, que le permitió jugar a la confusión y entablar un constante cambio de roles sobre la pasarela; lo mismo desfilaba con trajes de galante caballero para Paul Smith que cerraba un show de Jean Paul Gaultier vestido de novia. Hoy, reconvertido oficialmente en mujer, cuenta con el favor de Anna Wintour, editora de Vogue USA y la mujer más poderosa del negocio, y su caché no deja de aumentar.

Pero hay muchas más: Jenna Talackova, que sacudió a las conciencias bienpensantes al hacerse con la corona de Miss Canadá y acabó en pleitos con Donald Trump, responsable de Miss Universo, para poder presentarse al certamen internacional; Isis King, participante del reality America’s Next Top Model, regentado por Tyra Banks; Caroline Cossey, que rompió el hielo como chica Playboy y acabó camelando a 007 como turgente chica Bond; Malika, la primera mujer hindú que entró con paso firme en las pasarelas tras cambiar de sexo; y, por supuesto, la actriz Laverne Cox, una de las protagonistas de la serie de culto Orange is the new black, por la que fue nominada a un Emmy el año pasado y, entre otros records fulgurantes, la primera transexual que ocupó la portada de la revista Time. Y si Time lo dice, amén.

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