La activista de la U. Austral, donde se inició la última gran revolución femenina en Chile

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Midora Sovino comenzó junto a un grupo de compañeras una revolución, que sin quererlo dio origen al movimiento feminista más grande del país en los últimos 40 años.

“Las heridas del machismo se curan con amor, conciencia y mucha deconstrucción”, dice Midora Sovino, vocera de la Secretaría de Género y Sexualidades de la Universidad Austral. Valdiviana por adopción, formada en la educación pública y seguidora de Michel Focault, la estudiante de derecho fue una de las caras visibles en las tomas  organizadas en 2018 para denunciar abusos de género en las aulas universitarias.

“Yo soy una más dentro del colectivo feminista en Chile”, aclara la joven de 22 años, esquivando cualquier tipo de protagonismo individual, pese a que fue el movimiento acuñado en su universidad y liderado por ella, junto a un grupo de compañeras, el que dio origen al movimiento feminista más grande del país en los últimos 40 años. “Recorro este camino de cambio junto a muchas otras mujeres que hoy están empoderadas”, aclara.

En conservación con Qué Pasa, Midora –nombre que su padre inventó cuando ella nació- rememora las tomas con perspectiva, un año después, cuenta su historia personal e insiste en resolver las desigualdades desde una mirada interseccional, es decir, abordando todos los ámbitos: géneros, etnias y clases sociales. “Atacar las inequidades desde las raíces es la única forma de cambiar la historia”, reflexiona.

¿Cómo evalúas hoy lo acontecido en las tomas de 2018?

-Las tomas tuvieron un auge en la prensa. Eso ayudó a exponer nuestros reclamos, indudablemente, pero el enfoque que proponemos es más profundo. Buscamos generar conciencia, no solo en términos estéticos o mediáticos. Las mujeres estamos rearticulándonos internamente y movilizando heridas muy profundas. Cuando empiezan a conocerse casos de abusos, muchas se animan a hablar por primera vez. “Mi pololo me pegó”, dice una. “Mi amigo me abusó”, cuenta otra. Esas experiencias traumáticas se sanan de a poco, con amor y conciencia, y el proceso implica una carga emocional muy grande. Es complejo autopercibirse, lleva tiempo. ¡Pero vale la pena!

¿Cuáles son, a tu parecer, las demandas más urgentes vinculadas a las desigualdades de género en Chile?

-Es una pregunta difícil de responder. Las desigualdades se ven en todos los contextos y en forma interseccional, desde la Constitución hasta las relaciones de poder. Aclarado ese punto, creo que el derecho al aborto es una de las demandas centrales que deben atenderse en el corto plazo. Las mujeres tenemos la necesidad urgente de que se reconozca nuestra autonomía corporal y territorial.

¿Te gustaría formar parte de algún partido político para responder a esas demandas?

-Siento que la vocación partidista tiene una esencia machista, entonces prefiero aportar desde mi lugar, practicando el activismo en la calle. En ese sentido, pienso que todo acto es político, por eso me comprometo desde mi espacio cotidiano.

¿Cuándo comenzó tu activismo y cómo fue creciendo en el tiempo?

-Empezó durante las movilizaciones de 2011. Tenía 15 años y estudiaba en el Liceo Carmela Caravajal. En ese momento sentí el despertar de la conciencia colectiva, una nueva generación que emergía con reclamos muy potentes. Ese interés por enfrentar las desigualdades de género se acrecentó en 2014 cuando entré al Liceo 7 de Providencia. Allí formamos el grupo “Úteros conscientes” para debatir y proponer soluciones a distintas expresiones del machismo, desde memes que nos tildaban de feminazis hasta hombres que se referían a nosotras solamente por el aspecto físico.

Cuando llegué a Valdivia me sumé a dos colectivos feministas: Tejiendo Rebeldía e Histeria Colectiva. En 2016 escribimos un reglamento para tipificar el acoso, la violencia y la discriminación hacia las mujeres. Nos dábamos cuenta de que lo fáctico desbordaba lo normativo, porque aparecían permanentemente casos de violencia sexual y las normas no respondían a los problemas de la realidad. Por eso decidimos organizar el círculo de mujeres de Derecho.

Finalmente en la Universidad creamos una Secretaría de Género y Sexualidades, de la cual soy la vocera. Estamos dando los primeros pasos y queremos ser reconocidas como órgano. Paralelamente estoy trabajando en un proyecto sobre observatorio de género y medios, cuyo fin principal es hacer un análisis crítico del discurso.

¿Cómo funcionó el protocolo de acoso, violencia y discriminación que se elaboró en la universidad? ¿Crees que ha generado cambios?

-Ese reglamento fue una de las principales banderas de lucha en las tomas de 2018. La creación del protocolo hizo visible el tema en muchas universidades. Sin embargo, la tipificación es útil en la medida que ayude a generar respeto hacia las mujeres y las personas en general, y esto involucra a todos los aspectos formativos dentro de la universidad: las mallas, los perfiles de egreso y el modo en que se entrega el conocimiento. Ya decía Henry Thoreau que la ley no hace ni un ápice más justos a los hombres, porque los instrumentos normativos deben tener una relación directa en nuestra forma de pensar el mundo.

¿Qué mensaje te gustaría dejar para las mujeres jóvenes?

-Quiero citar las palabras del escritor Pedro Lemebel: “No es por mí, yo estoy viejo, y la utopía es para las generaciones futuras. Hay tantos niños que van a nacer con una alita rota 
y yo quiero que vuelen”. Me refiero a que muchas mujeres nacen con las alas rotas. Eso no debe seguir ocurriendo. Quiero que las niñas rebeldes sueñen en grande, pidan lo imposible y luchen con fuerza.

Por último, me gustaría remarcar que las luchas de clase y de género deben ir siempre de la mano.

Fuente información  latercera.com

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