Diario El Mundo, España y el triunfo de Chile: «Cuando juega la inteligencia emocional»

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La mentalización era uno de los aspectos en los que más había incidido Jorge Sampaoli antes de la final de la Copa América. El resto del trabajo, el referido a la forma de jugar, estaba hecho para una selección chilena que ha subido un escalón definitivo en el rango internacional.

Después de someter a España, entonces campeona, en el Mundial de Brasil, y de llevar al anfitrión hasta el ataque de nervios, en la tanda de penaltis, se impone a Argentina en la misma suerte, aunque el fútbol ya había dicho antes que merecía el título. Chile fue superior en todo a su rival, que volvió a sufrir una depresión en una final, hecho que se ha convertido en una losa para esta generación liderada por Leo Messi. Carga ya con el estigma de perdedora.

Desde que el azulgrana lideró a los olímpicos en Pekín, no ha conseguido reproducir ese éxito, a diferencia de los éxitos que ha obtenido en el F.C Barcelona. Antes incluso de su consolidación en la selección, Argentina ya había iniciado un sospechoso ciclo de derrotas en finales. Ha caído, consecutivamente, en la final de Copa América de 2004, la de la Copa Confederaciones de 2005, la de la Copa América de 2007, la del Mundial 2014 y la de esta edición del torneo sudamericano.

Di María dijo antes de la final que esta selección debía ser coronada con un título. Incluso el Tata Martino se ha referido a ello, al decir que es la mejor que ha conocido el fútbol argentino colectivamente, y que sería injusto que no ganaran un título. Pero los síntomas ofrecidos en el Estadio Nacional, después de su excepcional prestación contra Paraguay, señalan elementos que no tienen que ver únicamente con lo futbolístico. Van más allá.

Messi sigue sin triunfar con la albiceleste

A Chile acudía la versión del Messi más maduro, después de una temporada que lo ha coronado con tres títulos. Más ‘afilado’, más en forma, sólo una cuestión mental puede explicar el desplome en un partido en el que no supo cómo auxiliar a su selección desde la individualidad. Apenas un pase filtrado a Agüero, en los primeros minutos, y otra jugada lanzada a la contra ya en el tiempo de prolongación, dejó como legado en la final. Poco, muy poco. Anduvo durante largos minutos, desconectado.

Por muchos que fueran los anticuerpos encontrados por Sampaoli, con presión sobre la salida de pelota de Argentina, por inflamada que estuviera la atmósfera en Santiago, del mejor jugador del mundo se espera siempre algo más. Al menos eso piensan hoy la mayoría de argentinos. La imposibilidad de reproducir con Argentina los éxitos que ha conseguido con el Barcelona atormenta al jugador y crispa a buena parte de los aficionados en su país. Esta Copa América era la oportunidad de que Messi se convirtiera en un personaje de consenso.

Dos equipos, dos caminos a seguir

A pesar de la derrota, el Tata Martino había impuesto un modelo de juego que desembocó en la mejor versión de Argentina en mucho tiempo hasta su extraña descompresión en la final. La falta de gol en algunos partidos no era incompatible con la evolución en el juego. El seleccionador albiceleste dijo que nada iba a cambiar, aunque ahora se inicia el debate en un fútbol convulso como pocos. Argentina puede tener una oportunidad en la siguiente Copa América, que por motivo del centenario de la competición está planificada para el próximo año, pero todo es incierto en torno a su celebración, después de los casos de soborno a dirigentes latinoamericanos a propósito de los derechos de televisión. Las eliminatorias del Mundial de Rusia, en 2018, van a definir ese camino.

También Sampaoli debe marcar el suyo. Este equipo culmina un proceso con el título, hecho que aprovechó el técnico para pasar cuentas a los medios de comunicación. Poco después del partido, apareció un hombre que había soportado una presión descomunal. Cuando los jugadores salían en el autocar descapotable para dirigirse a la Plaza Italia y al Palacio de la Moneda, Sampaoli decidió marcharse a su casa. Su continuidad está firmada, pero ahora, con su cotización elevada, tiene en su mano decidir si continúa adelante en un país que lo idolatra, y que ha encontrado la oportunidad de una tregua en mitad de la agitación política y las reivindicaciones sociales.

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