Analizan la línea arquitectónica de Paillaco

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Por Víctor Belmar, Fundador Amigos del Patrimonio, Presidente Proyecto Paillaco Sustentable

Una de las cuestiones básicas que debemos tener en cuenta a la hora de empezar a caminar, es saber hacia dónde vamos. Difícilmente tendrá sentido el esfuerzo de avanzar si no tenemos claro el destino hacia el cual nos dirigimos. Ese contexto, veo con gran satisfacción como en el último cuarto de siglo, Paillaco ha pasado a ser desde la ciudad de calles de piedra y antejardines empolvados a una ciudadela de vocación rural con sus calles pavimentadas, donde puede rodar un parque automotriz de manera fluida y sin levantar el material particulado de antaño. Podríamos decir que en sus calles nuestra comuna ha dado pasos de ciudad hacia la modernidad y el desarrollo; en ese sentido, todo parece ir por buen camino. Pero ¿Qué pasa con el diseño de espacios públicos y edificaciones de uso público?. ¿Cuál es la línea arquitectónica de nuestro pueblo?. ¿Quién decide hoy las formas volumétricas que marcarán la identidad de nuestra comuna en el resto de siglos venideros?. Ahí parece haber una temática mayor, insoslayable e inevitable de conversar e intentar definir en conjunto entre todos nosotros sus habitantes.
En la arquitectura existe premisas básicas, para iniciar un diseño, las cuales tienen que ver con definir si nos plantearemos despreciando el contexto en el que nos emplazamos; como por ejemplo el Mall de Castro y como quiera que se llame el horroroso Arco del Barrio Chino de Paillaco, o si somos respetuosos del entorno y reconocemos la identidad del lugar donde nos emplazamos, como es el caso de nuestra Plaza que reconoce el uso de la madera y reivindica las construcciones a una agua características de nuestra ciudad, tal como hacen algunas nuevas edificaciones particulares, cuyas formas respetuosas se agradecen.
Cuando una obra de arquitectura no reconoce o niega su contexto y pasa por sobre la identidad de sus habitantes no es necesario ser técnico en la materia para darse cuenta que allí hay un elemento extraño que rompe la armonía del espacio. Es como ver una mosca en la leche o un chicharrón en el pan de pascua. Así de coloquial el ejemplo, para enfatizar que nuestra forma de construir, aún sin el necesario concurso profesional del arquitecto, tiene en los genes la idea de respetar las formas, usos de material, colores y texturas características de nuestra identidad y costumbres, de esta forma se genera en las localidades la llama arquitectura vernacular, la que muchas veces marca las características arquitectónicas de la ciudad. Aquello redunda en un recurso turístico y da pie a iniciativas de desarrollo local, al confort en el habitar espacios públicos y al propio orgullo identitario de ser habitante de un lugar. Pregunto, con el actual descontrol y difuso destino de nuestra línea de diseño arquitectónica ¿Nos podemos enorgullecer de ser paillaquinos? O tal vez debiéramos definir el horizonte que deseamos alcanzar como pueblo. Somos un pueblito agrario?, forestal?, turístico?, comercial?, una ciudadela de la educación técnica o universitaria? ¿Alguien recuerda que nuestros orígenes es un poso lastre que proveía la línea férrea?. Por abstracto que resulten para algunos estos conceptos, es necesario, tener una forma de control ciudadano y técnico sobre lo que se diseña y construye para las actuales y futuras generaciones. Esto no lo puede decidir un profesional solo, especialmente cuando se trata de personas que no son de nuestro pueblo y no conocen su historia.
Es necesario tomar cartas sobre el buen gusto y el querer habitar de los ciudadanos y familias paillaquinas. Si nos complacemos en el crecimiento de nuestros hijos y de cómo honran a sus padres en el futuro, que estos hijos puedan enorgullecerse también de la ciudad que sus padres les legamos para su habitar futuro y el habitar de todas las generaciones venideras.

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